Estar a favor de Europa, es decir, ser protagonista moderno, liberal o no estarlo y condenarse al arcaísmo al pasatismo al lepenismo casi al antisemitismo. 

Los diferentes países de Europa, los gobiernos de estos países podrían implementar una política común destinada a limitar la competencia intraeuropea y resistir en forma colectiva la competencia de las naciones de las naciones no europeas y en particular las imposiciones estadounidenses.

La historia enseña que no hay política social sin un movimiento social capaz de imponerla. Para quienes quieran oponer una Europa social a una Europa de los nacos y la moneda, flanqueada por una Europa policial, penitenciaria y militar, la cuestión es saber como movilizar las fuerzas capaces de llegar a este fin y a que instancias pedirles el trabajo de movilización.

El sindicalismo europeo que podía ser el motor de una Europa social debe ser inventado, y no puede serlo mas que al precio de toda una serie de rupturas mas o menos radicales: ruptura con los particularismos nacionales de las tradiciones sindicales, siempre encerradas en las fronteras de los estados, de los que esperan los recursos indispensables para su existencia y que delimitan sus objetivos y campos de acción; ruptura con un pensamiento concordatario.

Es paradójico que los jóvenes, en especial los provenientes de la inmigración tan presente en los fantasmas colectivos del miedo social, tienen en las preocupaciones de partidos y sindicatos progresistas un lugar inversamente proporcional al que les acuerda en toda Europa el discurso sobre la inseguridad.

Para desarrollar en cada ciudadano la disposición internacionalista que hoy es condición de toda estrategia eficaz de resistencia hay que imaginar una serie de medidas, como instaurar en cada organización sindical instancias que traten con las organizaciones de otras naciones para recoger y hacer circular la información internacional; establecer reglas de coordinación en materia de salario, condiciones de trabajo y empleo; instituir paridades entre sindicatos de iguales categorías profesionales o de regiones fronterizas.

Realizar la conversión de los espíritus necesaria para vincular las reivindicaciones en el trabajo con las exigencias en materia de salud, vivienda, transporte, formación y ocio, y para reclutar y re sindicalizar los sectores tradicionalmente desprovistos de medios de protección colectiva. No hay condición previa más absoluta para construir un movimiento social europeo que el repudio de las formas habituales de pensar el sindicalismo, los movimientos sociales y las diferencias nacionales.

El nuevo sindicalismo deberá apoyarse en las nuevas solidaridades entre víctimas de la precarización, las profesiones de la salud y la comunicación, así como entre los empleados y los obreros. Es necesario también terminar con otros preconceptos que desalientan la acción, como la oposición que formulan algunos politólogos entre sindicalismo protestario y sindicalismo de negociación.

Los movimientos internacionales recientes entre los cuales la marcha europea de los desempleados es solo el mas ejemplar, son los primeros signos del descubrimiento colectivo de la necesidad vital del internacionalismo o mejor aún de la internacionalización de los modos de pensamiento y de las formas de acción.

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